La fábula japonesa de la dicotomía humana
- Miriam Triay Florit

- 25 nov 2021
- 4 Min. de lectura
"Este lugar forma parte de un mundo distinto al tuyo, chico. Las bestias que lo habitamos podemos convertirnos en dioses algún día".

Dos mundos paralelos, dos posibles caminos a seguir, y un único recorrido vital. La cultura oriental japonesa, la del anime y el manga, nos vuelve a aleccionar una vez más con la moral y la ética que nos presenta, a partir de sus creencias más naturalistas y, me atrevería a decir, respetuosas con el resto de criaturas.
Después de Los niños lobo, el director y animador japonés Mamoru Hosoda, volvió a la pantalla grande, el año 2015, para presentar El niño y la bestia (Bakemono no ko), una tragicómica película animada que pretende enseñar, tanto al público infantil como al adulto, que todos los humanos pasamos por fases de vida similares, y que, por tanto, no estamos solos delante de la oscuridad ni la dicotomía que, muchas veces, esto representa.
Pero, y a diferencia del orden al que estamos acostumbrados, esta pieza de anime apareció delante del espectador como a la obra e idea original de Hosoda. De todas formas, esto en ningún momento ha impedido que los fanáticos de la lectura, entre los cuales me incluyo, hayan podido disfrutar también de la obra. Gracias a Renji Asai, la adaptación al manga llegó en cuatro volúmenes, antes, incluso, de que la película se estrenase en la pantalla grande del séptimo arte. Un trabajo colaborativo que permitió que toda clase de espectador, tanto los que prefieren el anime como los que son más partidarios del manga, pudiesen disfrutar de la historia de Kyûta y Kumatetsu.
La trama es la misma, sea leída o visionada, y sigue la historia de Ren o Kyûta, un niño de nueve años que se queda solo en el mundo después de la muerte de su madre. Es a partir de este momento, y del odio por los humanos que empieza a crecer dentro de él, que Kyûta acaba conociendo a Kumatetsu, una bestia sobrenatural. Y, sin planearlo ni pensarlo siquiera, se halla viviendo, comiendo y entrenando, en el mundo al que pertenece la bestia.
La diferencia en el nombre del personaje principal ya nos enseña los dos caminos que éste puede coger: Ren representa su vida en el mundo humano, en este caso en la ciudad de Shibuya (el mundo real y actual), en el que ha nacido y crecido durante los primeros nueve años de su vida; y Kyûta es el nombre que le pone Kumatetsu, y enseña su faceta en el mundo de las bestias, en la ciudad de Jûtengai (el mundo tradicional de los animales), en dónde ha madurado para llegar a ser un joven de 17 años.
Gracias a la presentación oriental de esta historia, acostumbrados a la veneración de los animales y las bestias, podemos observar una clara alegoría. Los humanos, como explica el personaje Iôzen desde el inicio, albergan una oscuridad dentro de ellos que, si en algún momento los consume, los acaba transformando en monstruos. Por contra, las bestias de Jûtengai, no solo no presentan estas tinieblas, sino que, además, son capaces de reencarnarse en divinidades. "Hay una razón por la que nuestro mundo y el de los humanos deben permanecer separados. Los seres humanos son débiles, albergan tinieblas en lo más profundo de su corazón".
Así, la presentación de estos dos mundos paralelos tan iguales y diversos a la vez, no solo deja clara la diferencia entre la pureza y tradición animal y la corrupción y modernidad humana, sino que también muestra como un adolescente de tan solo 17 años tiene que escoger, delante de esta dicotomía, una de las dos vidas; siendo incapaz de convivir en ambos mundos al mismo tiempo.
Además, también vemos la reconocida relación, ya observada en otros films de cultura oriental como Karate Kid, entre maestro y discípulo. En este caso, Kyûta acaba siendo uno de los grandes guerreros de la ciudad de las bestias, convirtiéndose en el aprendiz de Kumatetsu. Aun así, y como ya pasaba en la película de artes marciales mencionada, llega un momento en el que, y como comenta el venerable Iôzen en un momento del metraje o del manga, la línea entre maestro y discípulo se vuelve difusa: "¿Quién es el maestro y quién es el alumno?". Demostrando así que, aunque uno tenga muchas cosas que enseñar y el otro que aprender, la educación siempre acaba siendo bidireccional.
En todo momento, como ya se ha ido mencionando, y nos centremos en la parte de la historia que sea, hay presente una dicotomía, muy humana. Una necesidad de escoger entre dos mundos, personas o caminos, paralelos, pero diversos. Aunque se debe tener presente que no se trata de la lucha entre estos dos caminos, sino que, en todo momento, la lucha es contra uno mismo, y la dualidad que presentamos dentro de nosotros.
Si pasamos a comentar los aspectos técnicos de la animación, aunque de forma menos espectacular que las producciones de Studio Ghibli a las cuales estamos acostumbrados -estas puede que sean más armoniosas y naturales, en el movimiento y la animación, por contra a la simpleza en la posada en escena de la cinta en cuestión-, esta cinta mantiene un buen nivel artístico. Tanto en la creación y diseño de los personajes redondos, que mezclan animación tradicional con animación generada por ordenador, como en el doble escenario en el que se desarrolla la historia, que presenta un gran contraste entre el realismo y la creatividad y fantasía. Con unos efectos visuales y de sonidos espectaculares, llamativos y que apoyan el momento de la trama representado; y una banda sonora, compuesta por Masakatsu Takagi, con 27 temas muy melódicos y que acompañan, en todo momento, el hilo narrativo de la obra.
Una vez más, Hosoda vuelve a la pantalla grande, para presentar las problemáticas del mundo real, de forma fantástica y armoniosa. A partir de personajes simpáticos y que llegan a todo tipo de público, y con escenarios llamativos y espectaculares, nos enseña como hacer frente a los problemas más comunes y que, pase lo que pase, y nos sintamos como nos sintamos, nunca estaremos solos en esta obra a la que llamamos vida.




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