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El irlandés como final del trayecto

  • Foto del escritor: Miriam Triay Florit
    Miriam Triay Florit
  • 16 nov 2021
  • 4 Min. de lectura


Como Ulises en su vuelta a casa después de la guerra de Troya, dos son las odiseas que nos acompañan en esta obra: la trayectoria de un hombre que acaba siendo importante en la mafia italoamericana y la política sindicalista norteamericana, Frank Sheeran, y el viaje por los submundos del crimen organizado de uno de los grandes directores del cinema mafioso, Martin Scorsese, que ha madurado para culminar con The Irishman (2019), con una magnífica obra reflexiva.


Dos décadas después de Casino, volvemos al subgénero predilecto de Scorsese con esta obra, dónde reúne a su dúo emblemático: Robert De Niro y Joe Pesci, y en que se identifica un mismo movimiento naciente de la mano de otros directores conocidos, como Almodóvar en Dolor y Gloria (2019) o Quentin Tarantino en Once Upon a Time in Hollywood (2019), donde se hace un homenaje volviendo al género que los formó, ya que creen que ahora ya no se hacen películas de calidad y que el cine está en crisis. Y, me tenéis que permitir decirlo, Scorsese se ha hecho un homenaje como dios manda, cerrando una gran trayectoria profesional.


El cine mafioso de Scorsese

Los conocedores del cineasta sabréis de su predilección por la mafia, de como siempre ha sabido plasmar la vida de los gánsteres, como vemos en la llamada Casino (1995) o en Goodfellas (1990). Pero The Irishman es distinta, en lugar de observar a un De Niro encarnando a Sam Rothstein o Jimmy Conway matando y apalizando en una vorágine sangrienta, vemos a Frank Sheeran, violento cuando considera oportuno, pero sensato y reflexivo. Lo que buscan Scorsese y De Niro es que, a partir de su actuación prácticamente impecable, dónde observamos a un personaje más próximo, acompañamos al viejo Sheeran en un viaje por su vida.


Una historia diferente

Este viaje se intuye en el plano secuencia del inicio, recurso muy utilizado por el director, encargado de enseñarnos la residencia donde se encuentra Sheeran y donde volveremos al final. No obstante, el recurso aparece de forma diferente. Mientras que en Goodfellas y en Casino se utiliza por mostrarnos las influencias mafiosas del protagonista o presentarnos a los integrantes de una banda, en The Irishman alude al viaje de un hombre que ahora se encuentra en la fase final, puede que en el purgatorio de Dante, donde confiesa los crímenes que recuerda. Sobre todo uno, posiblemente el único que le impide conciliar el sueño por las noches.


En este viaje por los recuerdos de Sheeran, nos acompañan dos de sus grandes aliados: Russel Bufalino -Pesci- y Jimmy Hoffa -Al Pacino-. De estos dos no hace falta mencionar su virtuoso trabajo, la nominación al Oscar de actor secundario habla por sí sola. Igualmente, puede que se deba añadir que Pesci se desmarca perfectamente de sus típicos personajes mafiosos psicópatas que solía interpretar para el director, con un Russell tranquilo y pausado; y que Al Pacino ha aprendido rápido a actuar bajo la dirección de Scorsese, con el que no había trabajado antes.


El viaje del espectador

Tratándose de una obra nominada a diez Oscars que ya divisan su impacto en la indústria, es necesario hablar de algunos de los elementos creadores de uno de los regustos más remarcables de esta pieza: la sensación de haber viajado para las diferentes décadas representantes. Gracias a la fotografía de Rodrigo Prieto puedes ver como eran esos tiempos y vivirlos como Sheeran. Unos años 50 con tonos brillantes y cálidos: felices, unos 60 ausentes de oscuridad total -lo oscuro se muestra azul verdoso- y, a partir de los 70, con cada vez menos color, la tristeza y la vejez van haciéndose un lugar entre la tonalidad.


A la maestría fotográfico de Prieto lo acompaña la banda sonora de Robbie Robertson, capaz de hacerte bailar con los géneros más brillantes de esos años, el doo wop, el jazz y el folk, de músicos como The Five Satins en In the still of the night. Además de una arriesgada, pero brutal composición propia, Theme for the Irishman, evocadora de una espiral de tristeza, violencia y traición -puede que avisando de lo que sucederá-.


Este realismo por los recuerdos de Sheeran se agrava con los pequeños diálogos de la cotidianidad, clásicos de Scorsese. Además de los temas de siempre como los códigos de la mafia, los límites impuestos por el poder y la lealtad. En este guión adaptado de Steven Zillian es sencillo observar la intencionada fidelidad al libro de Charles Brandt en que se basa, titulado I heard you paint houses (He oído que pintas casas), aludiendo a la maestría mafiosa a la hora de hacer que los escenarios del crimen sean muy sangrientos, referencia que sale varias veces en el film.


Igualmente, Scorsese también se desmarca de algunas de sus tradiciones. Así como en Casino y Goodfellas las mujeres son clave, ahora pasan a un segundo plano, ya que lo importante es la vida y reflexión de un viejo hombre. De todas formas, lo que hace que el guión sea una obra maestra es la lógica interna de la trama, con tres hilos temporales conectados que se acaban uniendo en un cuarto hilo en la residencia, como cierre de una gran vida.


Pero lo que consigue que esta magia acabe confluyendo en una realidad creíble son los efectos visuales. El cineasta ha conseguido que el mismo elenco de actores pueda aparentar 50 años en una escena y, en la siguiente, 80. Esto es gracias a la nueva tecnología por la que apostó Scorsese de la mano de Industrial Light & Magic, que rejuvenecía a los actores a partir de efectos visuales y con la ayuda de dos cámaras complementarias. Y, aunque depende del gusto de cada uno, a mí me ha parecido un trabajo mejorable, pero muy bien conseguido para ser la primera vez que se utiliza, y que podría abrir una nueva puerta en el cine.


La culminación de una trayectoria

A un camino lleno de retos y trampas, Scorsese lo convierte en un trayecto por un jardín de flores y aires refrescantes. En dónde la mafia, a pesar de sus macabros pensamientos y actos, es tu amiga y te ríes con ella, y en dónde los personajes más extraños, acaban siendo los que mejor te caen. Y, sin querer, en esta mezcla de lealtad, violencia y traición, acabas entendiendo y apreciando a los gánsteres italoamericanos del siglo pasado. El cineasta capaz de dar luz a la oscuridad, lo ha vuelto a hacer en una última pieza, cerrando todo un subgénero que, estoy segura, ya lleva su nombre.





 
 
 

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